jueves, julio 08, 2010
lunes, mayo 24, 2010
Carnaval de las culturas 2010
Regresé ayer de Berlín. Fue una visita agradable, no necesariamente intensa. Berlín puede ser muy intenso, esta vez no lo fue tanto. Encontré cientos de Danis de todas partes del mundo, hambrientos por comerse Berlín como cuando yo llegué a Berlín. La energía de la gente es más de lo que yo necesito. Ahora en Berlín me basta y prefiero encontrar mi esquina y quedarme ahí. Verme con un par de amigos, tomar unas cervezas, quedarme unas horas disfrutando del ambiente o los ambientes, y soy capaz de irme cuando todo está por comenzar. En realidad, prefiero irme antes que vuelva a comenzar. Porque luego vuelve a comenzar, termina y vuelve a comenzar, y si te quedas hasta el final es posible que te quedes en la nada, en el caos. Mejor gozar el momento, el ambiente en el que estas, unas buenas conversas, risas, recuerdos y partir luego antes que vuelva a comenzar. Así puedes digerir lo vivido el día siguiente y con el tiempo buscarlo en el registro de tus recuerdos. Lo otro puede dejarte sin nada.
El carnaval se vio favorecido por el buen clima. En años anteriores frecuentemente hacia frio y llovía. Esta vez hacía calor y casi no llovió nada. El carnaval entonces estuvo increíble. Música y buena vibra por todos lados. Me encontré con varios amigos, con algunos porque así lo planeamos, con otros menos amigos por casualidad, en la calle.
De la música del carnaval de las culturas me quedo con el Halai turco/kurdo. Me encanta la música y el concepto de unidad. Todos bailando juntos de la mano, siguiendo una coreografía armoniosamente. Pero también me gustó el ska y me quedé con ganas de bailar salsa y saber si todavía soy capaz de moverme al ritmo.
Lo mejor de Berlín fue tal vez haber rentado bici apenas llegué. Así estuve más libre, sin depender de trenes ni nada. Pasear por Friedrichshain, Kreuzberg, sin atreverme a pisar Prenzlauer Berg por el temor a los recuerdos. Como saben mis amigos, volveré a Prenzlauer Berg sólo de aquí a unos años, para sentarme en el anfiteatro de Mauerpark y llorar copiosamente, por mí y por Berlín.
Me queda la sensación que mi regreso a Berlín, cuando se de, será tan distinto. Buscaré un barrio y me quedaré allí. Probablemente evite a los magos, los acróbatas, los clowns. Cultivaré plantas en mi casa y me reuniré de vez en cuando con amigos en mis sitios favoritos. Pero pasaré mucho tiempo trabajando en mi casa, sabiendo que siempre que me provoque, a cualquier hora, puedo salir y encontrar lo que quiero.
viernes, mayo 07, 2010
miércoles, febrero 10, 2010
Odio Hamburgo, su gente, todo. Pero más que nada, odio mi vida en Hamburgo.
Llevo cuatro meses y unos d as aquí y es hasta ahora el peor invierno que he pasado en mi vida. Nunca antes sentí tanta aversión por la nieve y el frío. Y eso que los últimos seis o siete inviernos los pasé en ciudades más frías aún que ésta. Pero este año no lo puedo soportar. Quiero desaparecer o que esto se acabe ya. Tal vez es que el invierno perdió su encanto inicial y ahora comienza la realidad. Tal como los alemanes comienzo a preguntarme qué chucha hago acá cuando podría estar en un clima más caluroso. La misma pregunta que antes me parecía estúpida cobra sentido y me da escalofríos no estar seguro de la respuesta.
El frio no es nuevo, pero lo que sí es nuevo es el piso congelado. No había visto nunca jamás algo así. El piso es un hielo y es peligrosísimo caminar por ahí. El Estado no hace nada por mantener limpias las calles. Es realmente increíble. Todos los días camino al trabajo te juegas la vida. Están todos caminando resbalándose, patinando, cayéndose y volviéndose a parar. Y uno no comprende cómo pueden haberse acostumbrado a vivir así. Los viejitos, ni hablar, simplemente no pueden salir.
Hamburgo es demasiado convencional, normal, como cualquier ciudad. Y definitivamente no me quedé en Alemania para estar en esta ciudad. Me quedé por Berlín y no veo la hora de regresar allá e instalarme de vuelta en Friedrichshain. Esta es una ciudad capitalista cualquiera. Más conservadora, su gente más distante, con más diferencias de clases. Para entrar al cajero del banco necesitas una tarjet, en mi edificio hay un aviso que alerta a los vecinos sobre posibles robos de bicicletas y en algunas zonas no se puede beber alcohol en la calle. La mayoría de gente trabaja y el que no es parte del sistema es un marginal. Yo soy parte del sistema.
Todos los días voy a un puto trabajo en el que tengo que pasar tarjeta, hablar con desconocidos, ser gentil gratuitamente o para que sea recíproco, participar de reuniones absurdas, vestir medio formal, y estar sentado frente a una computadora alrededor de paredes blancas la mayor parte del día. Todo esto en una zona empresarial que mas bien parece un cementerio, un lugar de muerte, depresión, fracaso de la vida. Tengo un horario fijo. Si tengo resaca tengo que ir. Si conozco en el camino a mi trabajo un alma aventurera (aunque está claro que eso no pasaría aquí) que me incite a seguirla, también tengo que ir. No puedo trabajar a la hora que quiero. Hay un horario en el que vamos a un edificio laberíntico donde nos consumen a todos. Y ojo, en este sistema si te dejas consumir te explotan hasta que no quede nada de ti.
Nunca antes me quedó algo tan claro. Los que trabajamos en este sistema somos los que hemos fracasado. Pude esquivar por varios años el fracaso pero ya no más. Los que estamos aquí somos los cojudos que no supimos hacerla. La gente lista, pendeja, está en el paro, haciendo música, escribiendo novelas, estudiando, viajando, trabajando en su propio negocio, haciendo investigación, que es lo que hago, pero cuando le sale del forro, por la madrugada y los domingos sobretodo. Los huevones tenemos jefe, hablamos con extraños, festejamos cumpleaños de desconocidos y para concha por un sueldo de mierda. Esto está clarísimo.
Ahora, tan tan huevón no soy. Es solo que por ahora no puedo mover mis fichas, no es el momento, pero cuando llegue hare mi jugada y regresaré a Berlín a vivir una vida decente y sana. No este infierno de mierda lleno de dementes que creen estar cuerdos.
Un par de cosas si me gustan de mi vida en Hamburgo. Mi roomate es un tío de putísima madre. Muy progresista y abierto de mente. Trabaja con gente que ha cometido faltas, algunas muy graves. Él los ayuda a reintegrarse a la sociedad y admiro su capacidad para aprender de ellos. Me gusta también la oficina de migraciones (Ausländerbehörde). En comparación con Berlín aquí parece un Kindergarten. He ido dos veces. La primera vez me regalaron caramelitos. La segunda fui a tramitar la visa de trabajo y un tipo bien inocentón me ayudó a llenar los datos de la fecha de mi deportación y reingreso al país. Había olvidado las fechas exactas; él no podía creer lo cercanas que eran. Por último, me gusta mi trabajo, el sistema es una mierda, pero en si lo que hago está entretenido.
