martes, agosto 12, 2008

Romances en la barrita

Es temprano, pero con este sol, seguro pronto regresa la gente a la barrita. Entonces el tiempo se confundirá. Parecerá que la noche no pasó y que las conversaciones de ayer ocurrieron hoy. Tal vez alguien se acerque a saludarme efusívamente y no lo reconoceré. Tal vez luego vayamos en grupo a un bar que pensaba desconocido y al pasar las horas, para mi sorpresa, notaré que antes estuve sentado varias veces en el mismo lugar, igual, alucinado. Veré rostros conocidos. Algunos los seguiré viendo incluso con los ojos cerrados. Los veré contentos, bailando, saludándome con una botella de cerveza en la mano. Pero abriré los ojos y no estarán más ahí. Así descubriré que ya ni siquiera estoy en el bar, sino que nuevamente sentado en la barrita.

Y es que así es mi vida desde que estoy en Berlín. Un ir y venir de rostros, fiestas, drogas. Cuando parece que van a terminar a veces es recién cuando están comenzando. Los principios y finales se confunden. En realidad, el tiempo comienza acá cuando uno lo decide. Cada final puede ser el principio. En lo que a mí respecta, desde que recuerdo, esta ciudad ha pasado como un torbellino sobre mí, sin parar, sin pausa. Me ha sido imposible registrarlo todo. De hecho, en el transcurso he olvidado mucha gente y situaciones. O al menos así parece hasta que tras un detalle aparecen súbitamente en mis recuerdos. O en mi imaginación.

La única constante, tal vez, sea esta barrita, mi base. Aquí siempre regreso. Aquí, frente a la bodega, en la calle con más movimiento nocturno en Prenzlauer Berg: la Kastanienallee. Más conocida popularmente como la Castingallee. Porque, especialmente en días de verano como hoy, esta calle se convierte en una pasarela por donde desfilan las tías más buenas de esta ciudad. Cada una mejor que la otra. Mientras desfilan, una por una, nosotros les ponemos puntajes. ¿Dónde estaban todas en el invierno? Seguramente malhumoradas y excesivamente cubiertas. Ahora sonríen y dejan al desnudo extensas partes de sus cuerpos. Eso es lo que tanto extrañaba del verano. Sí, el invierno, como siempre, fue una prueba dura, pero ya terminó. Ahora es cuando la ciudad comienza a despertar y nosotros queremos comérnosla, literalmente.

Nosotros somos los latinos de la Castingallee. Eso en cuanto a nuestro origen. Pero en realidad, somos todos berlineses. Porque esta ciudad lo acoge a uno rápidamente. En poco tiempo uno se siente un berlinés más. Es que, independientemente del origen, hay un Berlín en el que todos coincidimos. Uno que rechaza el capitalismo como modelo de vida y bosqueja propuestas de un sistema alternativo. Una suerte de ciudad proyecto. La gente se ha ido pasando la voz y cada vez llegan más a participar de este proyecto. Llegan de todas partes del mundo, insatisfechos, con diversos sueños, y propuestas. Y, de alguna manera, cohesionan armoniosamente la energía de esta ciudad, que es única en Europa. Antes de venir, no habría imaginado que así era Alemania. Pero es que no es así: Berlín es una isla en este país. Aquí nos encontramos.

Los latinos le hemos puesto a este punto de encuentro la barrita. Aquí, se juntan todos los días, principalmente, peruanos, mexicanos, y chilenos a webear, conversar, tomar cerveza, fumar porros, hacer música. La barrita donde nos sentamos pertenece a la bodega.
También hay una mesa y un par de banquitos. Es el punto de reunión porque está en el corazón de Prenzlauer Berg y nos convierte en protagonistas de la noche; está en la calle y nos recuerda nuestros barrios en latinoamérica; la cerveza la compramos en la bodega y es más barata que en el bar; y los bares y clubs alternativos están a un paso. A veces somos un par, a veces uno, a veces diez, a veces más. Como en el barrio, es cuestión de fumarse un cigarro, tomar una cerveza, y luego de un rato llega otro. Así, poco a poco van llegando y espontáneamente se van tejiendo los planes de la noche.

En lo que a mí respecta, hace varios días que no regreso a mi casa y paso la mayor parte del tiempo en la calle, principalmente acá, en la barrita.
Por dormir no me hago problemas. Lo hago en las discotecas, en el metro, en los parques, o a veces incluso acá sentado en la barrita. El cansancio me llega de golpe y duermo profundamente por la cantidad de drogas que llevo en el cuerpo. Me recupero y sigo. Esta vez me tocó caer dormido en Mauerpark. De allí vengo. Estuve tomando cerveza con la gente hasta el amanecer. Luego llegó el cansancio y me tiré a dormir en el parque boca abajo, con la cara en el pasto, para evitar el sol. A mi lado habían envases de cerveza que hubiese querido canjear por plata, pero al despertar ya no estaban, otro me atrasó.

Más o menos seis botellas vacías equivalen a una cerveza. En un día de verano como el de hoy, con turistas despreocupados que dejan los envases por doquier, es relativamente fácil hacer una cerveza. De hecho, así he financiado mis más grandes juergas, recogiendo botellas. Incluso con lo que he sacado del depósito a veces me ha alcanzado para invitar chelas. Esas chelas, que generalmente tenían como destino alguna tía linda que pasaba por ahí, han tenido un valor especial para mí. Las chelas, en general, saben mejor cuando son producto de una aventura y cuesta un poco de trabajo obtenerlas. Son como una recompensa. Lo bueno es que es relativamente fácil encontrar envases en las calles de Prenzlauer Berg, la pachamama es generosa, y por eso a veces hasta he podido invitar chelas. Además, con el tiempo me he vuelto más rápido recogiendo envases. He agarrado la manía de siempre estar registrando visualmente las botellas vacías a mi alrededor mientras camino.
Las veo, me acerco, y las meto en mi mochila casi automáticamente.

Esta vez no me dio tiempo de recoger los envases, caí seco. Habíamos estado tocando música en el parque hasta el amanecer. Los mismos de siempre. El ambiente estaba muy bien, guitarritas, canciones de protesta, trova, chelitas, coca, hasta que, como era de esperarse, uno por ahí se pasó de vueltas. Esta vez le tocó a Fabricio. Se le metió en la cabeza que Luis se había quedado con su tabaco. Luis le porfiaba que no, pero él no le creía. Luis le enseño no estaba en su mochila ni en sus bolsillos. Pero Fabricio le hecho la culpa de haberlo perdido. Estaba super necio. Luis no entendía un carajo. No tenía la menor idea de dónde estaba su tabaco y no quería armar un pleito. Pero Fabricio siguió jodiendo y jodiendo hasta que Luis piso el palito, se molestó, y lo mandó a la mierda. Así, le dio la excusa perfecta a Fabricio para que se le tire encima a golpes. Tuvimos que separarlos. Luego siguieron insultándose por un buen rato hasta que se calmaron. Pero ya después de ese incidente el ambiente se jodió y al poco tiempo se comenzó a quitar la gente.


Seguro ese sería el tema de conversación ahora más tarde en la barrita. Estaríamos riéndonos de cada una de las frases que se dijeron ayer durante el pleito. No faltaría alguien que haga el show. Es decir, que se pare al frente con chela en mano y reproduzca de manera sarcástica y exagerada lo que se dijeron para que los demás nos caguemos de la risa. Así estaríamos hasta que llegue alguno de los protagonistas del pleito. Entonces tomaríamos el asunto con más seriedad o lo evitaríamos. Esto lo sé porque ya antes varias veces ha pasado lo mismo. Las peleas no son escasas en la barrita y generan risa por lo estúpidas que pueden ser. La razón puede ser cualquier tontería, una mala mirada, diez céntimos menos, diferencias políticas, apuestas futbolísticas, alguna presunción mal fundada, cualquier cosa. Pero, independientemente de la razón, pareciese que los conflictos tuviesen que ocurrir. A veces, al otro día llega el que la cagó, pide disculpas, y asunto arreglado. Pero a veces también surgen enemistades irreconciliables.


Así pasó no hace mucho entre Ramón y Percy. Ellos se conocían de muchísimo tiempo atrás. Ambos habían estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Al terminar la escuela Ramón se vino a Berlín, montó un atelier, y le iba muy bien. Percy se fue a Japón. Allá trabajó en una fábrica de producción en serie. Tenía que repetir la misma actividad por largas horas, no entendía el idioma, y el trato por parte de sus jefes era bastante abusivo. Esto lo cagó sicológicamente. Ramón le recomendó que se venga a Berlín y al principio lo ayudó a instalarse. Pero a Percy también le fue mal en Berlín. Estaba de ocupa, paraba misio, deprimido, y no tenía energía para producir arte o engancharse en alguna actividad productiva. El trauma de Japón lo perseguía. Percy se refugió en una amiga berlinesa de los latinos de la barrita, Sabine. Ella era la única que se compadecía de él, porque los demás ya estaban hartos de tratar de ayudarlo. Paraban todo el rato juntos. Y, como suele pasarle al más débil, Percy se enamoró profundamente de Sabine. Vivía en un mundo irreal, pensando que algún día ella le correspondería y estarían juntos. Pero ella no estaba interesada en él y eso nunca pasaría. Pero lo peor para Percy estaba por llegar. En una noche de tragos Ramón se levantó a Sabine. Percy presenció todo y se peleó con Ramón. Le quitó el habla y, desde ese entonces, cuando estamos en la barrita cada uno es para el otro como invisible.
No se dirigen la palabra a pesar de haber sido patazas por años, desde Perú. Al principio fue raro, pero luego como que nos acostumbramos a ese status quo.

Habían de estos conflictos, más serios, y de los otros que se ahogaban fácilmente en unas chelas. De cualquier modo, si algo nos distinguía como latinos, era esa necesidad de crear tensión en las relaciones, de hacer drama. A muchos alemanes y, en general, europeos, les parecía muy extraña esa manera de relacionarnos. Pero para nosotros era claro. Insultarnos, herirnos un poco, y hasta agarrarnos a golpes eran formas de invitarnos a querernos más, a llevar la amistad a otro nivel. Luego de la pelea venía la renconciliación. Entonces terminabamos abrazados, cantando borrachos, llorando juntos, y llamándonos hermanos. Nos convertíamos en mejores amigos. Pero incluso aunque no llegase la reconciliación, el hecho que existiese potencialmente esa posibilidad hacia que mientras más grande el conflicto, más intenso se vuelva el romance entre los dos.


Pelear, amistar, volvernos a pelear, volvernos a amistar, y así nos vamos haciendo el amor, nos vamos penetrando entre todos. Así fue desde el colegio y seguía siéndolo en la barrita en Berlín.


- Una cerveza –le pedí a Tom, mi colega que atendía en la bodega de la barrita.


El sol calentaba y comenzaba a sudar la cocaina de ayer. Ese sudor frío me provocó la primera chela del día, o mejor dicho, desde que desperte. Mientras, Tom hojeaba un libro y tomaba café. Vi que tenía en sus manos In the Country of Last Things, una historia que me flipaba. Por lo visto el también era fan de Paul Oster. Entonces nos embarcamos en una conversa sobre sus libros. Tom era un tío muy chevere. Trabajaba en la bodega y además pinchaba drum & bass. A veces me daba cupones para pagar mitad de precio en las fiestas que organizaba. Trabajaba harto con DJs de Inglaterra y sus fiestas eran alucinantes. Era un tío tranquilo, con mucha paciencia, que de hecho se necesitaba para atender a cada loco que pasaba por la Castingalle, y de conversa agradable.


Al salir de la bodega me encuentro con el chino. El primero en llegar a la barrita.


- Habla tío. ¿Y, sigu
es con la locura? – me preguntó.

- Nada tío, tranquilo. Recién estoy despertando. Estoy frescaso.


- Huevón ayer te la agarraste con mi flaca. ¿Ya no te acuerdas?


- Ni cagando. ¿En serio?


- Puta, estabas recontra belicoso. Le estabas contando que tu flaca te había sacado la vuelta con otro huevón y ella le daba en parte la razón. Entonces te empinchaste y ella también. Pero tú más. Al final casi le pegas.


- Mierda.
Qué fea nota. No me acuerdo un carajo.

- Huevón. Habla con tu flaca, no sé, vuelve a la casa con ella. Al menos para terminar bien, llevarte tus cosas.
Pero no puedes quedarte en la calle destruyéndote más tiempo. Te vas a joder y a la gente a tu alrededor.

- Ni cagando voy a ver a esa cojuda.
Debe estar cachando con el idiota ese.

- Tío, después de siete años juntos, algo podrán conversar. Entiendo que te haya chocado encontrarla con ese huevón tirando en tu jato, pero ya fue pues, tienes que sobreponerte.


- Tío, la mezcla de Berlín, drogas, y amor puede ser explosiva – finalizó.


Entré a la bodega a comprar un poco de tabaco para armar un porro.

3 comentarios:

kitty dijo...

bueno...me gustò el princio...bien estructurado y sobretodo el diàlogo....la descripciòn perfecto del Berlin que te rodea y espero conocer algùn día. Kitty

Anónimo dijo...

Las primeras líneas me parecen más que geniales:

"Es temprano, pero con este sol, seguro pronto regresa la gente a la barrita. Entonces el tiempo se confundirá. Parecerá que la noche no pasó y que las conversaciones de ayer ocurrieron hoy. Tal vez alguien se acerque a saludarme efusívamente y no lo reconoceré."

Me suena a literatura mayor, verdadera, clásica.

Saludos

HjorgeV

eldani dijo...

Muchas gracias por los comentarios, Kitty y Jorge.