domingo, noviembre 09, 2008

SIETE DÍAS AQUÍ Y ALLÁ

- ¿Y cómo así llegaste a Bolivia? – le pregunté, curioso por saber cómo un alemán acaba viviendo en el altiplano.

- Bueno, larga historia –me contestó con esa expresión de
no te imaginas-. Pero te la hago corta –continuó. Mi hermano está casado con una argentina, de Córdoba. Viven allá ya hace años. Varias veces me habían invitado para que los visitara, pero por trabajo y porque se me hacía muy lejos, no iba. Hasta que en una de esas me animé. Y claro, como buen alemán, planeé detalladamente mis vacaciones. Supuestamente me iba a quedar un par de semanas, pero lo que no sabía era que acabaría quedándome tres años por allá– terminó entre risas.


No era la primera vez que escuchaba una historia así. Conocía gente que en un viaje de vacaciones había terminado quedándose a vivir en algún lugar insospechado. Y sí, no era para menos, era para reírse. Reírse por haber creído inocentemente en unos planes que luego cambiaron; por haberse dejado sorprender por la vida y haber aprendido que los planes que uno hace con anticipación no pueden ser tan rígidos e inevitablemente se subordinan al desarrollo de los acontecimientos
in situ. Y siendo la planificación un valor enraizado en la cultura alemana, el haberse permitido actuar espontáneamente en otro contexto era aún más razón para reírse.

- Qué locura. ¿Ya hace cuánto tiempo de esto?

- No hace mucho. Regresé el año pasado de Bolivia. Como te decía, estuve la mayor parte del tiempo allí. Viajé por varios países, Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Bolivia. Al final me quedé encantado con Bolivia y por eso me estacioné allí.

- ¿Y cómo así? ¿Qué te llamó más la atención?

- La cultura, la gente, la comida. Pero principalmente las mujeres. Me quedé enamorado de un par de bolivianas.

- ¡Asu, no de una, sino de un par! –le dije riéndome, pero sin atreverme a reír con toda mi risa.

- En realidad más de un par –me dijo, como quien sabe de lo que habla y por eso saca pecho.

Me quedé sorprendido y confundido de escuchar a un alemán hablar así, pero luego agregó.

- En el frío del Tiahuanaco uno tiene que buscar la manera de mantenerse abrigado.

Y entonces se me quitaron las dudas. Lo había dicho con esa sonrisa pendeja y tono machista importados de Sudamérica. No había otra. Y lo siguiente era que Hans no podía ser el clásico alemán. De ser así, se hubiese ahorrado esa broma sexista. O la hubiese dejado para más tarde, cuando haya más confianza o en una conversación en chelas. Pero Hans pasó de ese preámbulo formal. En realidad, pasaba de eso y de mucho más, como luego lo comprobaría. Bolivia lo había alatinado y como había regresado hacía poco, todavía tenía en el rostro la expresión fresquecita de pendejito de barrio. Era tan elocuente que a través de ella pude ver a un par de amigos de mi barrio en Perú. Inmediatamente los asocié con él. Entonces ahora Hans era un poco Martín y Percy. Viéndolos a ellos y ya no a Hans, me atreví a corresponder su gesto de tío cabrón dándole rienda suelta a toda mi risa.

Así nos conocimos y saliendo del consultorio nos fuimos de frente a tomar unas chelas.

Esa mañana había despertado de mal humor. Había tenido que ayunar dos días para que me pudieran hacer exámenes de sangre. Sólo había podido tomar agua. Pero no estaba molesto por el hambre, que no era menor. Lo que me molestaba era tener que privarme del placer de comer. Comer bien era muy importante para mí. De hecho era una de las pocas cosas que podía disfrutar intensamente. No veía entonces la hora de hacerme esos malditos tests y salir a comer algo rico.

Los tests yo mismo me los había indicado. Nunca antes en mi vida me había hecho un análisis exhaustivo que incluyera el hígado. A mis treinta años recién cumplidos pensé que había llegado la hora de enfrentar el tema. La verdad es que me moría de miedo de lo que pudiera salir de esos exámenes. Pensaba lo peor. Cirrosis y luego la muerte. Y es que desde mis diecisiete años no había parado la mano. Principalmente me preocupaba el período hasta mis veintidós o veintitrés años. ¡Qué no me había metido en el cuerpo en esa etapa! Recordaba los tragos baratos que le comprábamos a la Tía Veneno, como le decíamos a la señora que atendía en la licorería del barrio, y que tomábamos en la esquina. Los piscos combinados de a luca y servidos en bolsa, los famosos pasitas, los cañazos, y hasta las tapitas de alcohol puro, ese que se compra en la farmacia, mezcladas con té. Y recordaba también las amanecidas con el cuerpo y la cara llenos de ronchas, totalmente intoxicado.

Todos esos excesos tenían que haber dejado estragos en mi hígado. Por mucho tiempo había preferido evitar enterarme, pero los treinta habían llegado con una dosis de coraje y realismo. De pronto me atrevía a ver sin reparos el saldo negativo de mi cuenta bancaria cada vez que iba a sacar dinero del cajero. Y, del mismo modo, sentía que era el momento de enfrentar el tema de la salud, en particular, el del estado de mi hígado.

En la sala de espera éramos tres. Era una habitación pequeña y hacíamos un esfuerzo para no cruzar nuestras miradas. Yo agarré una revista sobre la movida nocturna berlinesa y me dispuse a evitar el contacto social. Sólo quería acabar con los tests y salir a comer algo. Pero no cualquier cosa. Algo rico. Pensaba en las diferentes alternativas. Tailandés, africano, libanés, italiano. ¿Qué me provocaba? Estaba indeciso. No era la primera vez.

En ese momento escuché una voz que venía de mi lado izquierdo.

- Hoy por la noche hay fiesta latina en el
Café Zapata – me dijo, como buscando llamar mi atención.


Era un tío más o menos de mi estatura, vestía una chompita y un pantalón
jean. Se le veía limpio.

Menciono lo de la limpieza porque desde que vivo en Berlín ese es un criterio importante antes de decidir hablar con alguien. Me explico.

Generalmente la gente que descuida su aspecto físico y se le ve sucia es la que tiene más problemas sicológicos. Y, por malas experiencias, prefiero evitarlos. Pero no es fácil. La gente trastornada abunda en esta ciudad. Trastornados producto de la soledad, la depresión, el alcoholismo, la inactividad, el paso del sistema socialista al capitalista, y no sé qué más. A veces te hablan, uno les hace caso y luego se te pegan, joden, se exaltan, y te hacen pasar un mal rato. No se ponen belicosos, pero joden. Por eso ahora la pienso dos veces antes de seguir una conversación. Este no era el caso. El tío se veía limpio, pero eso tampoco era garantía de que no estuviera loco y, por otro lado, yo no estaba de humor para hacer conversa. Entonces decidí evitarlo. Total, a quién le importaba si le seguía la conversa o no.

-¿De dónde eres?


Esta vez no pude evitar voltear y mirarlo a los ojos. Sabía entonces que lo había escuchado y, salvo que estuviese acostumbrado a ser ignorado, esperaba una respuesta. Pero la respuesta no llegaría.

Pasó un rato y sentí que no me quitaba la mirada de encima.

- ¿Está todo bien? ¿Por qué no me contestas?

La situación se tornaba incómoda. Y ahora la señora que estaba al frente de nosotros también me miraba, como pensando si no era yo el que tenía un problema en la cabeza. No me dejó escapatoria.

- ¿Perdón? –le dije.

- Te preguntaba que de dónde eres –agregó con mirada inquisidora.


- Soy peruano –le contesté, sin dar mas explicaciones. No tenía por qué hacerlo.

- Interesante. ¿De qué parte de Perú?

Ahora resulta que quería lucirse en geografía, pensé. Estaba harto de esa pregunta. Porque luego viene, de Lima. Entonces, él sigue, de qué parte de Lima. Y ante la respuesta, la sonrisa de ya te tengo encasillado. Seguro tu escuchas Charly García, ibas a las discotecas de la Marina, y de chibolo rompías timbres en tu barrio. Sólo por el placer de tenerte encasillado. Pero no. Esto pasa con los paisanos. De él no tenía por qué esperar esa dinámica. De hecho, era curioso que quiera saber de qué parte de Perú vengo. Como si supiese algo más de Perú que de allí vienen los indianer que tocan flauta en la plaza. Era además raro que apenas le dije que soy peruano como que le cambió la expresión. Ahora se le notaba buena vibra, una expresión amable.

- De Lima – le dije, mirándolo a los ojos.

- Conozco Lima. El año pasado estuve por allá.

Y luego se presentó.

- Me llamo Hans –dijo, estrechándome la mano. ¿Cuál es tu nombre?


Me gustó que se presente. En general, presentarse me parece una señal de madurez. De entender que somos dos personas distintas. Cada una con antecedentes, gustos, sueños, ideas, ritmos y, por lo tanto, posiblemente nombres distintos. Y de que, sabiendo todo esto, él es capaz de respetar esas diferencias.

- Conozco Lima, pero estuve poco tiempo allí. Donde he estado buen tiempo es en Bolivia.

Y luego siguió la conversación inicial, después de la cual, a la salida del consultorio, nos fuimos a tomar unas chelas.

Me dijeron que regrese en siete días, es decir, el siguiente Lunes, a recoger los resultados de los exámenes. No podría estar tranquilo hasta entonces. Pero felizmente Hans me hizo más fácil la espera.

Esa vez saliendo del consultorio nos metimos la gran borrachera. En una banca del parque, entre cervezas y cigarros nos contamos hartas cosas. Cada vez que la chela se acababa íbamos a la bodega que estaba a un paso y regresábamos. Así se nos pasaron varias horas.

Al principio habíamos estado hablando en alemán, pero después de la cuarta chela a Hans se le soltó la lengua y me comenzó a hablar en español. Ahí cambió la cosa. Era realmente como hablar con alguien de mi barrio en Perú. Confianza total. Y es que hablaba un español muy sudamericano y lo hablaba muy bien. Incluso con su jeringa.

Inevitablemente, cuando cambiamos al español, cambiaron también los temas de conversación. Comenzamos a hablar de mujeres.

Le conté las experiencias que había tenido con alemanas. Y de como prefería las alemanas a las latinas. Me parecían menos complicadas, más directas, independientes, sinceras, y desprejuiciadas. Yo hablaba y hablaba sobre lo que me había tocado vivir y Hans no decía nada.

- ¿Y a ti cómo te ha ido con las mujeres acá? – le pregunté finalmente, pasándole la pelota.


- ¿Mujeres? Aquí no hay mujeres realmente. Son sólo mitad mujeres.

No entendí a qué se refería.

- ¿Qué me quieres decir?

- Me extraña que como latino me preguntes eso. ¿No te has dado cuenta todavía? Las mujeres acá son como hombres. Hablan como hombres, caminan como hombres, bailan como hombres. Salvo algunas cosas muy básicas del género femenino, se comportan como hombres en todo sentido.

Me contó que una vez en Bolivia tuvo una experiencia que le abrió los ojos. Había salido con amigos a un bar en plan caza. Conocieron unas chicas y las trajeron a su mesa. Estuvieron conversando, tomando chelas. Y, en una de esas, la chica a la que Hans estaba afanando saca un cigarro, se lo pone en la boca, y lo mira fijamente. Frente a Hans había un encendedor plateado y él entendió que quería que se lo pase. Entonces eso hizo. Pero, no era eso.

- Ustedes los alemanes no saben ser caballeros –le dijo, mientras ella misma se prendía el cigarro.


En ese momento no entendió bien. Tenía poco tiempo en Sudamérica y no sabía por qué ella había esperado que le encienda el cigarro cuando ella misma lo había podido hacer. Pero luego, con el tiempo, comenzó a apreciar eso que llamaban caballerosidad y feminidad. Quedó encantado con la dulzura de las mujeres bolivianas. Le gustaba que fueran delicadas, que mostraran su fragilidad y, por consiguiente, él pudiera adoptar un rol protector con ellas, engreírlas, y que ellas se dejen. Así, estuvo con varias bolivianas. Pero una de ellas fue especialmente importante para él. No precisamente porque se enamoró de ella.

Era una chica de condición humilde que conoció en una de esas noches de caza. Se llamaba Shirley, trabajaba como secretaria en un organismo del estado y vivía sola en un depa pequeño en un barrio mas bien de clase media baja. Hans la esperaba todos los días a la salida del trabajo, de ahí se iban para su casa, tiraban un par de polvos, y luego salían a conversar con la gente de su barrio. Esa última parte era la que le gustaba más a Hans. Le encantaba parar en la esquina con sus amigos del barrio. De tanto parar con ellos comenzó a hacer amigos y, aunque lo de Shirley terminó pronto, para ese entonces Hans se relacionaba con el barrio independientemente de Shirley. Los chicos le agarraron cariño y Hans se volvió parte del barrio. Era algo que no había sentido nunca antes.

Hans tuvo la experiencia de vida de barrio y todo lo que implica. Aprendió a chupar en la calle sentado en una caja de chela, a gorrear cigarros, a quejarse si se tardaban en pasarle el vaso, y a sacarle la vuelta a su pareja de turno con la celebración de sus amigos. También aprendió a decir lisuras, poner sobrenombres, joder a los demás, y a dejar salir su agresividad. Incluso tuvo un par de mechas callejeras. La más alucinante fue con un choro del que no sólo no se dejó robar, sino que lo correteó, alcanzó, tiró al suelo, y le sacó su mierda.

Antes de su viaje jamás habría imaginado que se malearía de esa manera. En Alemania no era un santo pero de ahí a lo que vivió en Bolivia había mucho trecho. Aprendió las mañas para sobrevivir en la calle. Una época incluso la hizo de dealer para hacer un poco de plata, que con el tiempo no planeado fuera de Alemania era cada vez más escasa. Estuvo vendiendo coca en la plaza a los turistas. Tenía la ventaja que les podía hablar en inglés, alemán, y español. Entonces le iba muy bien. Eso no le gustó mucho a otros dealers y en una de esas le mandaron a la policía. Hans tuvo que comerse unos días de cana.

Está demás decir pues que Hans no era el clásico alemán. La experiencia del barrio lo marcó. En general, había un Hans antes y después de Bolivia.

Inevitablemente la historia de Hans me recordaba a la mía. Le conté entonces de mi barrio. De cómo a veces a nosotros luego de unas chelas en la esquina se nos ocurría irnos de viaje. Y así, de la nada, entrábamos a la casa, hacíamos la mochila y nos íbamos por unos días a la sierra o a la playa de campamento. También le conté sobre los menús y taxis fuga. Eran un clásico. Íbamos a un restaurant, pedíamos un montón de comida, y nos íbamos sin pagar la cuenta. Uno se paraba, hacía como que tenía dolor de estómago y se iba a vomitar afuera y los demás ya sabían cuál era la consigna. Algo similar hacíamos con los taxis. Les pedíamos que nos dejen en algún lugar donde sabíamos que había un pasaje y salíamos corriendo a través de él.

Hans estaba alucinado con mis historias. Le encantó especialmente la manera como nos buscábamos en el barrio. Uno pasaba por la casa del otro y, en lugar de tocar el timbre o la puerta, hacía un silbido particular y el otro bajaba. Es decir, nos llamábamos silbando. Hans quedó flipado con esa idea. Tanto, que prometió en adelante no llamarme por teléfono para encontrarnos, sino que ir a buscarme directamente a mi casa con un silbido.

Y así lo hizo.

Los siguientes días pasaba por mi casa al atardecer y me silbaba, tal como le había enseñado. Yo sacaba la cabeza por la ventana, le decía que me espere un toke, bajaba, y nos íbamos por unas chelas al parque. Siempre comenzábamos hablando en alemán pero después de la cuarta chela Hans cambiaba al español. Entonces le salía el barrio. Hablaba con lisuras, de mujeres, reía más, jodía, y yo también. Allí era cuando comenzaba la intimidad.

Así estuvimos saliendo desde que nos conocimos el Lunes hasta el Sábado. El Domingo decidí hacer pausa. Al día siguiente tenía temprano mi cita con el médico para que me comunicara los resultados de mis exámenes y no quería celebrar antes de tiempo. En realidad, estaba muerto de miedo. Pensaba que el hígado me iba a pasar factura. Ya me imaginaba la cara del doctor reprochándome por haber esperado tanto, por haber cometido tantos excesos. Diciéndome que era muy tarde y que el cáncer estaba muy avanzado. Qué terrible. Pero era mejor saberlo de una vez por todas.

Igual el domingo por la tarde Hans pasó por mi casa y me silbó para que baje. Le expliqué lo de los exámenes y le dije que mejor no, que para otro día. Pero él insistió aduciendo que el resultado no iba a cambiar porque salga por unas chelas hoy. Tenía razón. Por otra parte yo estaba con una angustia terrible y quedándome en la casa la cosa sólo empeoraría. Entonces no le fue muy difícil convencerme. Bajé y nos fuimos a la bodega por unas chelas.

Estuvimos en el parque hasta que Hans comenzó a hablar en español. Luego, para salir del parque y cambiar un poco de ambiente, me propuso ir a un bar chévere por mi casa a seguirla. Estuvimos allí varias horas. Habremos tomado unas mil chelas en el bar. Las chelas iban y venían y nosotros no parábamos de hablar. Nos la estábamos pasando de puta madre, borrachísimos. A las justas podíamos caminar para ir al baño. Y, como en veces anteriores, la conversa era especialmente intensa para mí porque sentía que Hans entendía de mis dos mundos, el de aquí y el de allá.

El alcohol también comenzó a hacer efecto en mi conversación. Entonces me salió uno de mis clásicos temas de borrachera. Comencé a hacer un monólogo sobre la tristeza que me daba la pobreza en el Perú. Le decía que el mundo me parecía tremendamente injusto porque el lugar donde naces determina tus oportunidades, si vas a tener una vida digna, acceso a trabajo, educación, y hasta las fronteras que puedes cruzar. Y, en ese sentido, los peruanos así como la mayoría de los que nacemos en el sur estábamos jodidos. En cambio, le decía, la gente acá, hasta los desempleados la pasan bien. No les falta nada. Y si uno quiere desarrollarse como persona tiene todas las oportunidades del mundo. Es sólo cuestión de interés.

No sé cuánto tiempo habré estado hablando solo del tema. Hans parecía escucharme atentamente, pero no comentaba nada. Hasta que dijo.

- Mira, entiendo tu punto de vista, pero yo después de mi experiencia en Bolivia he llegado a otra conclusión.

- ¿No crees que sea injusto entonces? –le pregunté.


- No. Lo que pasa es que yo creo que todo en la vida tiene un precio. El precio que ustedes tienen que pagar por nacer en Sudamérica es la pobreza.

- ¿Y cuál sería el precio que les toca pagar a ustedes? –le pregunté, incrédulo y medio molesto por su atrevimiento.

- La infelicidad hermano, la infelicidad –contestó finalmente.

No podía creer lo que me había dicho. Me dejó pasmado. ¿Cómo podía haberlo dicho así con todas sus letras, sin titubear, con tanta firmeza?

Me contó que antes de viajar a Bolivia había hecho su servicio civil en Alemania. Lo hizo cuidando ancianos y así conoció los casos más miserables de desamparo. Ancianos totalmente olvidados por sus hijos, que no tenían a nadie en la vida, y morían solos, como perros, sin que nadie se entere. Me dijo que, en general, los alemanes no eran felices, vivían quejándose de sus problemas, solos, amargados, sin verdaderos amigos, ni lazos familiares. Y así se morían. De algunos uno no se enteraría de su muerte si no fuese porque su apartamento comenzaba a apestar. No era broma. Me contó que alguna gente estaba tan sola, sin nadie en la vida que vele por ellos, que se moría y nadie se daba cuenta. De pronto comenzaba a oler feo en el edificio y los vecinos sabían que era un muerto. Llegaban los bomberos, derribaban la puerta, y se llevaban el cadáver. Así como sin nada. Uno más que murió sin que nadie responda por él.

Me confesó que él mismo no era feliz. Estaba hace años desempleado y, sí, el dinero del estado le alcanzaba para rentar un piso para él solo, cubrir sus necesidades básicas, y tal vez un poco más si la sabía hacer. Pero no tenía a nadie en la vida. Estaba solo. Además, después de Bolivia sabía que no podría ser feliz en Alemania y se había refugiado en el alcohol.

Luego hizo una breve pausa y los ojos se le pusieron llorosos. Era la primera vez que lo veía así. Pero no duró mucho tiempo. No quiso caer en ese estado y se animó a cambiar de tema.

- Bueno, entonces ahora qué hacemos –me preguntó.


- Yo ya estoy muerto –le dije, mientras miraba los vasos vacíos de cerveza. Era un buen momento para la partida.

Hans se quedó callado. Me miró fijamente y rió. Luego, repentinamente, se paró.

- Sígueme y haz como sin nada –dijo.

Eso hice, sin preguntar nada. Entonces fuimos caminando hacia la puerta del bar entre risas y nos fuimos. Una vez afuera Hans me dijo que caminara rápido por como una cuadra.

No podía parar de reírme de lo que acabábamos de hacer. Habíamos hecho un menú fuga, o bueno, bar fuga, en Berlín. Hans estaba loco. Había sido, por otro lado, la fuga más monse de la historia. Ni siquiera nos persiguieron, seguro ni se percataron.

Caminamos con dirección a mi casa y cuando estábamos al frente nos despedimos con una gran sonrisa dejando atrás una noche memorable.

A la mañana siguiente llegó la hora de la verdad. Estaba sentado en la sala de espera, la misma donde había conocido a Hans, esperando que me llamaran. Pero ahora no estaba en ayunas, por el contrario, llevaba tras de mí una semana de excesos. Mi estado no era el ideal para hablar con el doctor. Tenía una resaca infernal. Sentía como si me estuviesen taladrando la cabeza sin cesar. Además, seguro olía todavía a alcohol. Imaginaba al doctor viendo los valores de mi test del hígado, oliendo mi tufo, notando mi resaca, y dando el caso por perdido.

Estaba nervioso, no podía concentrarme, no podía leer, no podía hacer nada. Y, no podía dejar de pensar lo que me había dicho Hans la noche anterior. Todo tiene un precio, el nuestro es la pobreza, el de ellos la infelicidad. Seguía digiriendo cada una de sus palabras. Pensaba una y otra vez en lo que me había contado. Lo de su servicio civil, los ancianos, la soledad, el desamparo, los muertos que apestan, el barrio en Bolivia, la calle, Hans mechándose, las mujeres dulces, las mujeres medio hombres, la espontaneidad, los planes, y luego su vida en Berlín, desempleado, sin amigos, tomando mucho, agradeciéndome por la semana tan chévere que pasamos al despedirnos ayer. Y al final, nuevamente, pensaba en eso de que todo en la vida tiene un precio.

En eso escuché una voz que llamaba mi nombre por el micrófono. Era mi turno.

sábado, octubre 18, 2008

Quimby - Autó egy szerpentinen

Markscheider Kunst - Swinga Swinga

Bikram Singh - Hauli Hauli Nach Kudiye

Boom Pam - Hatul VeHatula

Amparanoia & Tiken Jah Fakoly - Plus Rien Ne M'Etonne

Markscheider Kunst-Temnaya Noch'

Besh O Drom - Meggyujtom a Pipam

Peppe Voltarelli - Turismo in Quantità

domingo, septiembre 14, 2008

Un paseo por DC

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/7/7e/Smithsonian_logo_color.svg/2000px-Smithsonian_logo_color.svg.pngEn Washington tuve la oportunidad de visitar varios museos/galerías: el museo nacional indio americano, el museo Hirshhorn de arte contemporáneo, la galería nacional de arte, y el museo estadounidense a la memoria del holocausto. Todos muy interesantes y, lo más alucinante, gratis. Uno podría pensar que por eso no son tan buenos como otros en capitales importantes del mundo moderno (e.g., Berlín, Madrid, París), pero nada que ver, están súper bien organizados, ofrecen tours guiados, audio-guías, material informativo, los servicios higiénicos muy bien, hay casillas de información, etc. Y no se paga nada.
De hecho, la gran mayoría de museos en Washington no cobran entrada. Los hay en diversos temas, por ejemplo, arte africano, arte asiático, arte decorativo, fotografía, la naturaleza, el FBI, historia, ciencia, y el espacio. Uno puede pasar varios días en esta ciudad sólo visitando museos. A mí me bastó con visitar los cuatro que menciono en las tres semanas que estuve por allá. Soy de los que prefieren observar un par de cosas bien en lugar de saturarme con mucha información que al final tengo problemas en retener. También por eso tengo este blog y ahora escribo esta entrada sobre estos museos: para alguna vez poder recordarlo.
La mayoría de museos en Washington son financiados por la fundación Smithsonian. Lo curioso de esta fundación es su origen. Resulta que por los 1820s un científico inglés, James Smithson, decidió que a su muerte su fortuna se use para fundar en Washington una institución que difunda el conocimiento entre las personas. Lo raro es que James nunca en su vida había visitado Washington y ni siquiera los Estados Unidos. Tampoco se sabe que haya tenido amigos allá. Entonces las razones para su testamento son un misterio. Aunque algunos dicen que lo hizo para manifestar su descontento con la sociedad británica. Pero no es claro. Y bueno, de los museos que visité, el museo nacional indio americano y el museo Hirshhorn de arte contemporáneo son parte de la fundación Smithsonian.
El primero cuenta la historia de los nativos americanos, principalmente en Estados Unidos pero también en América Latina. Interesante son las contribuciones que han hecho a la sociedad norteamericana. Por ejemplo, muchas de las edificaciones en Manhattan han sido diseñadas por indio americanos y cientos de ellos participaron en la primera y segunda guerra mundial, donde palabras de sus lenguas se utilizaron como código de guerra. Por su puesto durante la conquista fueron casi exterminados y los que quedaron en Estados Unidos y Canadá han sufrido una serie de abusos desde entonces. No hace mucho que los gobiernos de estos países han reconocido esta realidad e intentan legalmente compensar a los descendientes de indio americanos. Hay por eso un sistema bastante complejo para establecer quienes son los descendientes y en qué grado.
El museo Hirshhorn tenía una exhibición interesantísima sobre el realismo en el cine: The Cinema Effect: Realisms. Ella invita a aproximarse de manera crítica hacia las representaciones de la realidad que comunican el cine, la televisión, la prensa, y la historia. La exhibición propone a través de múltiples presentaciones audiovisuales que la mayoría de producciones culturales que los espectadores consumimos son una mezcla de realidad y ficción. Por mucho que intentan aproximarse a la realidad de manera precisa y objetiva, están sesgadas por nuestras maneras particulares de ver la realidad. Es decir, cada individuo que realiza un video y lo presenta, ya sea en el cine o incluso en YouTube, está combinando la realidad con su propio realismo. Lo mismo se aplica para otros medios de comunicación. Entonces los artistas que participan de esta exhibición cuestionan la división entre lo real y la ficción. Por ejemplo, uno de sus videos muestra a un clásico mochilero siguiendo la guía del Lonely Planet en India con su polo del Che-Guevara, sandalias, pelo largo, y estilo hippie, en general. Sus viajes y estilo son tan alucinantes y estereotipados que llevan al espectador a cuestionar si se trata de un personaje real o ficticio.
La galería nacional de arte es sin duda la que más me sorprendió. No esperaba encontrar una galería tan grande y completa en Washington. Su colección incluye obras de grandes como Monet, Renoir, Degas, Cézanne, Gauguin, Van Gogh, El Greco, Picasso, Matisse, Rodin, y Rembrandt. Tanto arte clásico como contemporáneo distribuido en los dos grandes edificios del museo, por regiones, y períodos históricos. Me tocó también una exhibición sobre Afganistán. Ella presenta más de doscientos objetos que datan de hace más de dos mil años y se habían dado por perdidos o destruidos durante los últimos veinticinco años de conflicto en este país. Los objetos fueron recuperados de una caja fuerte en el palacio de gobierno afgano en el 2004. Un film parte de esta exhibición muestra el momento de su recuperación. Ellos son piezas claves para confirmar la importancia cultural y comercial de esta región en el tránsito de Asia al Mediterráneo entre el año 2200 antes de Cristo y el 200 después de Cristo.
Finalmente, el museo estadounidense a la memoria del holocausto cuenta la historia de los judíos en Europa desde que los nazis en Alemania llegan al poder (1933) hasta finales de la segunda guerra mundial (1945). Viviendo en Alemania tenía que visitar este museo. Ya en Berlín he visitado el museo judío y había escrito una entrada en mi blog aquí sobre él. Allí también se cuenta parte de esta historia. Lo interesante del museo estadounidense es que además enfatiza el rol de Estados Unidos durante el holocausto y hace una reflexión crítica sobre lo pudo y no hizo el gobierno americano. Una suerte de mea culpa por lo que les toca de esta historia. Por ejemplo, critica que ni siquiera se cumplieron con las cuotas establecidas por ley para recibir a refugiados judíos en suelo estadounidense. Incluso algunos barcos que llegaban desde Europa con refugiados judíos tuvieron que retornar. Sin embargo, aceptaron al grupo más ilustrado de judíos, como a Albert Einstein, lo que contribuyó enormemente al desarrollo científico, económico, y cultural del país en los años posteriores.

jueves, agosto 28, 2008

Pause machen

https://image.freepik.com/free-icon/pause-button-outline_318-40569.pngDespués de varias semanas de estrés, en realidad, meses, un par de meses, finalmente, las última semana y media me he dedicado a hacer pausa en Washington. Antes estuve con visita de amigos canadienses que se quedaron un mes en mi casa, luego mis papás una semana y además el doctorado, entonces, era difícil conciliarlo todo y estaba por explotar. Tuve que escapar de Berlín.

Me vine a Washington a visitar a Melissa. He estado en su casa comiendo gelatina, tomando helados, y viendo dibujos animados, ah! y su colección de videos del chavo del ocho. Casi no he salido, sólo una vez a visitar un museo de la historia de los nativos americanos y otra vez a ver la casa blanca, que por cierto, es mucho más chica de lo que pensaba. Por lo demás, haciendo PAUSA.

martes, agosto 12, 2008

Romances en la barrita

Es temprano, pero con este sol, seguro pronto regresa la gente a la barrita. Entonces el tiempo se confundirá. Parecerá que la noche no pasó y que las conversaciones de ayer ocurrieron hoy. Tal vez alguien se acerque a saludarme efusívamente y no lo reconoceré. Tal vez luego vayamos en grupo a un bar que pensaba desconocido y al pasar las horas, para mi sorpresa, notaré que antes estuve sentado varias veces en el mismo lugar, igual, alucinado. Veré rostros conocidos. Algunos los seguiré viendo incluso con los ojos cerrados. Los veré contentos, bailando, saludándome con una botella de cerveza en la mano. Pero abriré los ojos y no estarán más ahí. Así descubriré que ya ni siquiera estoy en el bar, sino que nuevamente sentado en la barrita.

Y es que así es mi vida desde que estoy en Berlín. Un ir y venir de rostros, fiestas, drogas. Cuando parece que van a terminar a veces es recién cuando están comenzando. Los principios y finales se confunden. En realidad, el tiempo comienza acá cuando uno lo decide. Cada final puede ser el principio. En lo que a mí respecta, desde que recuerdo, esta ciudad ha pasado como un torbellino sobre mí, sin parar, sin pausa. Me ha sido imposible registrarlo todo. De hecho, en el transcurso he olvidado mucha gente y situaciones. O al menos así parece hasta que tras un detalle aparecen súbitamente en mis recuerdos. O en mi imaginación.

La única constante, tal vez, sea esta barrita, mi base. Aquí siempre regreso. Aquí, frente a la bodega, en la calle con más movimiento nocturno en Prenzlauer Berg: la Kastanienallee. Más conocida popularmente como la Castingallee. Porque, especialmente en días de verano como hoy, esta calle se convierte en una pasarela por donde desfilan las tías más buenas de esta ciudad. Cada una mejor que la otra. Mientras desfilan, una por una, nosotros les ponemos puntajes. ¿Dónde estaban todas en el invierno? Seguramente malhumoradas y excesivamente cubiertas. Ahora sonríen y dejan al desnudo extensas partes de sus cuerpos. Eso es lo que tanto extrañaba del verano. Sí, el invierno, como siempre, fue una prueba dura, pero ya terminó. Ahora es cuando la ciudad comienza a despertar y nosotros queremos comérnosla, literalmente.

Nosotros somos los latinos de la Castingallee. Eso en cuanto a nuestro origen. Pero en realidad, somos todos berlineses. Porque esta ciudad lo acoge a uno rápidamente. En poco tiempo uno se siente un berlinés más. Es que, independientemente del origen, hay un Berlín en el que todos coincidimos. Uno que rechaza el capitalismo como modelo de vida y bosqueja propuestas de un sistema alternativo. Una suerte de ciudad proyecto. La gente se ha ido pasando la voz y cada vez llegan más a participar de este proyecto. Llegan de todas partes del mundo, insatisfechos, con diversos sueños, y propuestas. Y, de alguna manera, cohesionan armoniosamente la energía de esta ciudad, que es única en Europa. Antes de venir, no habría imaginado que así era Alemania. Pero es que no es así: Berlín es una isla en este país. Aquí nos encontramos.

Los latinos le hemos puesto a este punto de encuentro la barrita. Aquí, se juntan todos los días, principalmente, peruanos, mexicanos, y chilenos a webear, conversar, tomar cerveza, fumar porros, hacer música. La barrita donde nos sentamos pertenece a la bodega.
También hay una mesa y un par de banquitos. Es el punto de reunión porque está en el corazón de Prenzlauer Berg y nos convierte en protagonistas de la noche; está en la calle y nos recuerda nuestros barrios en latinoamérica; la cerveza la compramos en la bodega y es más barata que en el bar; y los bares y clubs alternativos están a un paso. A veces somos un par, a veces uno, a veces diez, a veces más. Como en el barrio, es cuestión de fumarse un cigarro, tomar una cerveza, y luego de un rato llega otro. Así, poco a poco van llegando y espontáneamente se van tejiendo los planes de la noche.

En lo que a mí respecta, hace varios días que no regreso a mi casa y paso la mayor parte del tiempo en la calle, principalmente acá, en la barrita.
Por dormir no me hago problemas. Lo hago en las discotecas, en el metro, en los parques, o a veces incluso acá sentado en la barrita. El cansancio me llega de golpe y duermo profundamente por la cantidad de drogas que llevo en el cuerpo. Me recupero y sigo. Esta vez me tocó caer dormido en Mauerpark. De allí vengo. Estuve tomando cerveza con la gente hasta el amanecer. Luego llegó el cansancio y me tiré a dormir en el parque boca abajo, con la cara en el pasto, para evitar el sol. A mi lado habían envases de cerveza que hubiese querido canjear por plata, pero al despertar ya no estaban, otro me atrasó.

Más o menos seis botellas vacías equivalen a una cerveza. En un día de verano como el de hoy, con turistas despreocupados que dejan los envases por doquier, es relativamente fácil hacer una cerveza. De hecho, así he financiado mis más grandes juergas, recogiendo botellas. Incluso con lo que he sacado del depósito a veces me ha alcanzado para invitar chelas. Esas chelas, que generalmente tenían como destino alguna tía linda que pasaba por ahí, han tenido un valor especial para mí. Las chelas, en general, saben mejor cuando son producto de una aventura y cuesta un poco de trabajo obtenerlas. Son como una recompensa. Lo bueno es que es relativamente fácil encontrar envases en las calles de Prenzlauer Berg, la pachamama es generosa, y por eso a veces hasta he podido invitar chelas. Además, con el tiempo me he vuelto más rápido recogiendo envases. He agarrado la manía de siempre estar registrando visualmente las botellas vacías a mi alrededor mientras camino.
Las veo, me acerco, y las meto en mi mochila casi automáticamente.

Esta vez no me dio tiempo de recoger los envases, caí seco. Habíamos estado tocando música en el parque hasta el amanecer. Los mismos de siempre. El ambiente estaba muy bien, guitarritas, canciones de protesta, trova, chelitas, coca, hasta que, como era de esperarse, uno por ahí se pasó de vueltas. Esta vez le tocó a Fabricio. Se le metió en la cabeza que Luis se había quedado con su tabaco. Luis le porfiaba que no, pero él no le creía. Luis le enseño no estaba en su mochila ni en sus bolsillos. Pero Fabricio le hecho la culpa de haberlo perdido. Estaba super necio. Luis no entendía un carajo. No tenía la menor idea de dónde estaba su tabaco y no quería armar un pleito. Pero Fabricio siguió jodiendo y jodiendo hasta que Luis piso el palito, se molestó, y lo mandó a la mierda. Así, le dio la excusa perfecta a Fabricio para que se le tire encima a golpes. Tuvimos que separarlos. Luego siguieron insultándose por un buen rato hasta que se calmaron. Pero ya después de ese incidente el ambiente se jodió y al poco tiempo se comenzó a quitar la gente.


Seguro ese sería el tema de conversación ahora más tarde en la barrita. Estaríamos riéndonos de cada una de las frases que se dijeron ayer durante el pleito. No faltaría alguien que haga el show. Es decir, que se pare al frente con chela en mano y reproduzca de manera sarcástica y exagerada lo que se dijeron para que los demás nos caguemos de la risa. Así estaríamos hasta que llegue alguno de los protagonistas del pleito. Entonces tomaríamos el asunto con más seriedad o lo evitaríamos. Esto lo sé porque ya antes varias veces ha pasado lo mismo. Las peleas no son escasas en la barrita y generan risa por lo estúpidas que pueden ser. La razón puede ser cualquier tontería, una mala mirada, diez céntimos menos, diferencias políticas, apuestas futbolísticas, alguna presunción mal fundada, cualquier cosa. Pero, independientemente de la razón, pareciese que los conflictos tuviesen que ocurrir. A veces, al otro día llega el que la cagó, pide disculpas, y asunto arreglado. Pero a veces también surgen enemistades irreconciliables.


Así pasó no hace mucho entre Ramón y Percy. Ellos se conocían de muchísimo tiempo atrás. Ambos habían estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Al terminar la escuela Ramón se vino a Berlín, montó un atelier, y le iba muy bien. Percy se fue a Japón. Allá trabajó en una fábrica de producción en serie. Tenía que repetir la misma actividad por largas horas, no entendía el idioma, y el trato por parte de sus jefes era bastante abusivo. Esto lo cagó sicológicamente. Ramón le recomendó que se venga a Berlín y al principio lo ayudó a instalarse. Pero a Percy también le fue mal en Berlín. Estaba de ocupa, paraba misio, deprimido, y no tenía energía para producir arte o engancharse en alguna actividad productiva. El trauma de Japón lo perseguía. Percy se refugió en una amiga berlinesa de los latinos de la barrita, Sabine. Ella era la única que se compadecía de él, porque los demás ya estaban hartos de tratar de ayudarlo. Paraban todo el rato juntos. Y, como suele pasarle al más débil, Percy se enamoró profundamente de Sabine. Vivía en un mundo irreal, pensando que algún día ella le correspondería y estarían juntos. Pero ella no estaba interesada en él y eso nunca pasaría. Pero lo peor para Percy estaba por llegar. En una noche de tragos Ramón se levantó a Sabine. Percy presenció todo y se peleó con Ramón. Le quitó el habla y, desde ese entonces, cuando estamos en la barrita cada uno es para el otro como invisible.
No se dirigen la palabra a pesar de haber sido patazas por años, desde Perú. Al principio fue raro, pero luego como que nos acostumbramos a ese status quo.

Habían de estos conflictos, más serios, y de los otros que se ahogaban fácilmente en unas chelas. De cualquier modo, si algo nos distinguía como latinos, era esa necesidad de crear tensión en las relaciones, de hacer drama. A muchos alemanes y, en general, europeos, les parecía muy extraña esa manera de relacionarnos. Pero para nosotros era claro. Insultarnos, herirnos un poco, y hasta agarrarnos a golpes eran formas de invitarnos a querernos más, a llevar la amistad a otro nivel. Luego de la pelea venía la renconciliación. Entonces terminabamos abrazados, cantando borrachos, llorando juntos, y llamándonos hermanos. Nos convertíamos en mejores amigos. Pero incluso aunque no llegase la reconciliación, el hecho que existiese potencialmente esa posibilidad hacia que mientras más grande el conflicto, más intenso se vuelva el romance entre los dos.


Pelear, amistar, volvernos a pelear, volvernos a amistar, y así nos vamos haciendo el amor, nos vamos penetrando entre todos. Así fue desde el colegio y seguía siéndolo en la barrita en Berlín.


- Una cerveza –le pedí a Tom, mi colega que atendía en la bodega de la barrita.


El sol calentaba y comenzaba a sudar la cocaina de ayer. Ese sudor frío me provocó la primera chela del día, o mejor dicho, desde que desperte. Mientras, Tom hojeaba un libro y tomaba café. Vi que tenía en sus manos In the Country of Last Things, una historia que me flipaba. Por lo visto el también era fan de Paul Oster. Entonces nos embarcamos en una conversa sobre sus libros. Tom era un tío muy chevere. Trabajaba en la bodega y además pinchaba drum & bass. A veces me daba cupones para pagar mitad de precio en las fiestas que organizaba. Trabajaba harto con DJs de Inglaterra y sus fiestas eran alucinantes. Era un tío tranquilo, con mucha paciencia, que de hecho se necesitaba para atender a cada loco que pasaba por la Castingalle, y de conversa agradable.


Al salir de la bodega me encuentro con el chino. El primero en llegar a la barrita.


- Habla tío. ¿Y, sigu
es con la locura? – me preguntó.

- Nada tío, tranquilo. Recién estoy despertando. Estoy frescaso.


- Huevón ayer te la agarraste con mi flaca. ¿Ya no te acuerdas?


- Ni cagando. ¿En serio?


- Puta, estabas recontra belicoso. Le estabas contando que tu flaca te había sacado la vuelta con otro huevón y ella le daba en parte la razón. Entonces te empinchaste y ella también. Pero tú más. Al final casi le pegas.


- Mierda.
Qué fea nota. No me acuerdo un carajo.

- Huevón. Habla con tu flaca, no sé, vuelve a la casa con ella. Al menos para terminar bien, llevarte tus cosas.
Pero no puedes quedarte en la calle destruyéndote más tiempo. Te vas a joder y a la gente a tu alrededor.

- Ni cagando voy a ver a esa cojuda.
Debe estar cachando con el idiota ese.

- Tío, después de siete años juntos, algo podrán conversar. Entiendo que te haya chocado encontrarla con ese huevón tirando en tu jato, pero ya fue pues, tienes que sobreponerte.


- Tío, la mezcla de Berlín, drogas, y amor puede ser explosiva – finalizó.


Entré a la bodega a comprar un poco de tabaco para armar un porro.

martes, junio 10, 2008

El día 28 de mayo de 1905 nació el maestro GERMÁN CARO RÍOS, en San
Agustín . Ël seguramente HOY, como todos los días de su vida hubiera
querido homenajear a su querido pueblo y a su gente, con sentimientos
y en la acción. Por eso nos permitimos publicar uno de sus poémas más
sentidos a su pueblo.

LIMA 28 DE MAYO DEL 2008

AREA DE COMUNICACIÓN SOCIAL
ASOCIACIÓN DE RESIDENTES EN LIMA
MI PUEBLO QUERIDO :
MI HUAYOPAMPA

Hoz de plata, en trance
de segar de un sólo tajo,
el amplio, dorado maizal;
para hacinar de ricas mieses,
el granero, la sala y el corral.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa

Me froto los párpados de ver,
cómo, como haz crecido;
no sólo crecido: transformado.
Yo digo que eres y que no eres;
a pesar que juntos hemos andado,
largo trecho del mismo camino.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa

Pueblo de labriegos que aran,
cantando su querido andén;
que detesta a el latifundio,
y la dolosa explotación.
Que ama de veras al trabajo,
la firme y creadora unión.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa

Cada día más verde y florido;
hasta tus rebeldes laderas,
saturados de chirimoyos y manzanos;
donde la sinfonía de avecillas mil,
alaban en cada aurora,
la fruta madura y los granos.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa

Haz cambiado tu indumentaria,
de retazos de cañas huecas,
para salir airoso jineteando,
tu caballo por las calles y campos,
llenos de luces y verdor,
llevando tu china de vueludo rizo.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa

Yo llegaré contigo,
agitando mi rojo corazón cholo,
sobre el lomo de mi hoz y mi quena,
a forjar un pueblo libre;
lugar donde todo será ternura,
donde la democracia no será mentira.

Mi pueblo querido:
mi Huayopampa.

Nota: original en Cuaderno N°3 de poesías de GECARI,
pags.84 al 87 y 110,112 y 133

miércoles, mayo 28, 2008

¿Es Bélgica un Estado de Derecho? ¡No!
Por Serge N. Fosso

Buenos días. Envío este mensaje desde Mons, en Bélgica. Llegué aquí ayer, 26 de abril de 2008 pocos minutos después de haber sido expulsado violentamente del vuelo SN Bruselas Air Lines con destino a Kinshassa, vía Douala y encerrado en un calabozo en el aeropuerto de Bruselas desde las 11 a las 22 h., sin comer, ni beber y sin poder ponerme en contacto con mi familia.

Resumen:
Estamos a 26.04.2008 y salgo de vacaciones hacia Camerún. Voy a Clichy, en taxi, a las 5,30h. hacia el Charles Degaulle 1. Saldré de París hacia Bruselas a las 7,40h. en vuelo de SN Bruselles Air Lines y debo tomar una conexión hacia Douala a las 10,40h. en el aeropuerto de Bruselas.

Soy bien recibido por las azafatas a mi entrada al avión, entre las 10 y las 10,45, busco mi asiento, el nº 41H que se encuentra hacia el fondo del avión. Cuando llego, hay al fondo del aparato, en la última fila, unos hombres vestidos de gris y que tratan de controlar a un hombre negro que se debate y grita: 'Socorro, déjenme no quiero marcharme'. Los hombre de gris tratan de impedir que hable tapándole la boca. El joven se revuelve y continúa gritando con los cuatro colosos de gris sobre él. Otros policías de civil han establecido un perímetro de seguridad y nadie puede ir hacia el lugar donde se desarrolla el drama que presenciamos.

Me doy cuenta de que se trata de una expulsión. El hombre al que se expulsa sigue sometido y asfixiado y da gritos que ya no se entienden bien. Recuerdo entonces el caso de Semira Adamu, la joven nigeriana que murió en septiembre de 1998, hace ya 10 años, durante una expulsión similar a ésta en un avión de Sabena.

¿Qué debo hacer?¿quedarme sin decir nada como los demás o actuar?

Como militante de los derechos humanos y de los extranjeros, me levanto y protesto ante la azafata más cercana a mi, diciéndole, con firmeza y en voz alta, que estamos en un vuelo comercial y que no quiero viajar en estas condiciones. Otros pasajeros que hasta ahora no habían dicho nada, se levantan y protestan también. Y filmamos la escena con nuestras cámaras fotográficas. Ante esta protesta general, los hombres de gris abandonan el avión con su pasajero. Unos minutos más tarde suben al avión unos policías y los policías de civil señalan a tres personas, entre ellas a mi. Los policías nos piden que bajemos del avión y cuando pregunto por qué se lanzan sobre mi, me esposan y me golpean, estoy sangrando, me arrastran por el pasillo del avión y después por la escalera hasta lanzarme dentro de un furgón de policía, sin mis dos maletas que están en la bodega del avión y sin mi maletín de mano. Tengo algunos golpes en el rostro y las manos heridas por las esposas. Dentro del furgón me doy cuenta de que uno de los policías tiene mi cámara fotográfica y está mirando las tomas de la escena del avión. Empieza para mi una larga y dura jornada bajo los insultos y los malos tratos de los policías que me llevan a un calabozo del aeropuerto de Bruselas.
A las 13,35 la policía nos libera. En ese momento somos dos, otro camerunés que estaba en el grupo de los tres expulsados y yo. No volví a ver al tercero, un hombre blanco. En el momento de nuestra liberación, la policía nos informa que durante los seis próximos meses no viajaremos más en la compañía SN Bruxelles Air Line. Cuando preguntamos cómo hacer para ir a Camerún, se nos dice que preguntemos a la compañía. Allí nos dirigimos mi compañero de infortunio y yo. Preguntamos por un responsable de la compañía y nos indican que el responsable de seguridad de la compañía llegará enseguida. Esperamos. Yo pienso en mi hija pequeña que me espera en Douala con impaciencia y entusiasmo y que va a sufrir una gran decepción cuando no me vea. Estoy enfadado, muy enfadado.

Llega la responsable de seguridad de la compañía y nos informa de que los dos hemos sido fichados en la lista negra (no blanca) de la compañía y que no podremos viajar con ella durante los próximos seis meses. Le pregunto que cómo haremos para llegar a Douala. Me responde que es asunto nuestro y que la compañía no nos devolverá el dinero del pasaje. Después de esto monto en cólera y subo el tono de voz y le digo a esta señora que no tengo ningún problema en no volver a viajar nunca con la compañía SN Bruxelles Air Line pero que quiero volver a París y, sobre todo, que me devuelvan mi dinero porque la compañía no ha cumplido con su contrato. Mi tono se eleva, pero con cortesía.

La gente nos mira. La mujer llama a la policía y me vuelven a llevar al calabozo, esta vez sólo. Allí permaneceré hasta las 22h., sin comer, ni beber, ni contactar a mi familia. Finalmente mi sobrino que vive en Mons es contactado y llega entre las 21 y las 22h. Los policías me informan de su presencia y me indican que soy libre de ir con ellos. Les digo que no comprendo por qué he sido encerrado durante todo el día en aquellas condiciones y que no quiero marcharme sin una solución a mi problema: viajar a Douala o regresar a París y que se me devuelva mi dinero. Explicaciones de unos y otros. Los policías quieren que yo abandone el calabozo y yo me quedo lo que, evidentemente, no les gusta. Al fin deciden sacarme por la fuerza, devolviéndome mis cosas que yo me niego a recoger. Uno de ellos me amenaza, me coge por el cuello, me empuja hacia la oficina y me tira mis cosas a la cara. Yo me voy sin recogerlas. Mi sobrino y su esposa se reúnen conmigo.

Estoy cada vez más enfadado por lo que está sucediendo. Les pido que se vayan a casa pero, evidentemente, se niegan. La esposa de mi sobrino habla con uno de los policías quien le entrega mis cosas y le informa sobre las gestiones que debo hacer. Ella vuelve con mis cosas pero me faltan las gafas de sol, Ray Ban, además de las escenas filmadas en el avión que han sido borradas de mi cámara seguramente por los policías que me detuvieron. Han destruido las pruebas pero, afortunadamente, otros viajeros filmaron la escena.

Sigo estando muy, muy enfadado, pienso en mi hijita por quien tomé excepcionalmente estas vacaciones, y estoy enfadado porque los últimos días fueron duros desde el punto de vista profesional, física y moralmente. Estoy muy enfadado porque generalmente soy una persona tranquila, educada y sobre todo no violenta. Pero todo este día he sido tratado con desprecio y violencia sólo porque en un momento dado he sido la voz de un desgraciado que no tenía voz, porque, al protestar en el avión, trataba de ayudar a un ser humano que estaba siendo maltratado y que pedía ayuda. Estoy muy enfadado porque estoy cansado y quería tomar unas semanas de vacaciones y pasar un poco de tiempo con mi hija. Y no se cuando ni como iré a Camerún. En el momento en que escribo, no se dónde están mis maletas.

Mi sobrino y su esposa me convencieron con paciencia para que me fuera a su casa en Mons. Pedimos un atestado en el que se indicara que estuve encerrado entre las 11 y las 22h. Y el policía tuvo la amabilidad de darme uno en neerlandés.

Llegamos a Mons poco después de la medianoche. Me dolía todo, la cara, los brazos los dedos, la espalda y tenía mucha hambre, pero comí sin apetito y me fui a la cama. Esta mañana estoy un poco más tranquilo. Todavía me duelen los dedos, los brazos y la cara. Quiero ir a Bruxelas para que se me diga oficialmente que estoy en la lista NEGRA de la compañía, que no viajaré nunca más con esta compañía y que no van a devolverme mi dinero. Espero encontrar mis maletas en el mismo estado en que se las confié a la compañía. Va a empezar otra dura jornada ¿cómo terminará? Por ahora no se. Lo único que se es que no será fácil porque no pienso dejar pasar esta historia sin hacer nada. Voy a hacer un llamamiento a testigos y emprender una demanda contra SN Bruxelles Air Lines. Ya veremos..

Por favor, difundir este mensaje todo lo posible y hasta pronto.

Mi lucha continúa.

Serge N. FOSSO
sfosss_2000@yahoo.com 00 33 6 26710385

Texto traducido por Remedios García

P.S: Cinco días más tarde, el 1 de mayo de 2008, aprendíamos con tristeza que el camerunés de 32 años que habían tratado de expulsar, Ebenizer Folefack Sontsa, se había ahorcado en los servicios del centro penitenciario de Merksplas, en Flandres. El Sr. Alexis Deswaef, abogado del Sr. Sontsa, acusa a las autoridades de ser las responsables de la muerte del joven africano.

Africando - Betece

martes, mayo 27, 2008

ciudad

de pantalones
irreverentes
sin basta
rotos
y con libertad

de barrios
esquinas
espacios verdes
bodegas ochenteras
pelos largos
proyectos alternos
y cervezas

de gente que amanece
a horas insospechadas
dormidos en el parque
o sobre un murito

de dealers
conversas efímeras
que dejan mis bolsillos
llenos de mariguana
no sin antes
tratar de engañarme

por poquito los descubro

a veces no

de gente auténtica
que va frente a frente
por las mismas calles
pero a veces
no se quiere ver

de elementos en transición
peculiar personalidad
en cada barrio
clubs y asociaciones
conversaciones
energía compartida

la casa de todos
desde el primer día

de espacio abiertos
propuestas
a ver qué hacemos
con ésta nuestra casa
dónde ponemos
nuestros ideales

de repeticiones
movimiento
en un momento histórico
de hacer pausa
de poner juntos
el sistema en cuestión

de pesadillas
de despertarme
en otro lugar
que no sea aquí

felizmente
hoy amanecí en berlín
Ladilla de aeropuertos

Ultimamente se me ha dado por joder a los de migración en el aeropuerto. Será porque me cansé que ellos me hayan agarrado de lorna y me sigan discriminando desde que comencé a viajar.

Primero fue en un aeropuerto en Canadá. Viajaba a Estados Unidos. Era un aeropuerto pequeño. No había casi gente. La chica que esperaba en migración se le veía aburridisíma, como que no mucha gente pasaba por ahí. Desde lejos ya la había visto esperándome y se le notaba risueña. Era bastante joven, estaría en el principio de los 20s.

- Dígame. Trae consigo bombas o alguna forma de explosivos - me dijo, con una sonrisa pícara.

La pregunta era ciertamente risible, pero aparentemente parte del protocolo. Tal vez en Washington o Nueva York uno puede tomar una pregunta así con algo de seriedad. Pero estabamos en un pueblito canadiense y en un aeropuerto casi desierto. En estos lugares la vida es relativamente sana. No pasa mucho, la gente es paz y amor.

Podía imaginarme las conversaciones de la chica con sus amigos en el bar de la única calle con vida nocturna del pueblo. No eran precisamente sobre bombas humanas y el riesgo de atentados terroristas provenientes de Irán. Imagino, por eso, que para ella misma plantear una pregunta así a cada uno de los escasos pasajeros debía ser una tarea, por decir lo menos, extavagante. Por eso la sonrisa en su expresión al realizar la pregunta.

Yo traté de ocultar mi risa.

- Bueno, sólo un par de bombas y unas cuantas dinamitas - le contesté, con una seriedad absoluta. No lo pensé mucho. De hecho me salió casi automáticamente. Fue lo único que atiné a responder frente a tan provocadora pregunta.

Inmediatamente después me di cuenta que estaba frente a migraciones de Estados Unidos. Aparentemente Canadá tiene un convenio con Estados Unidos para que el control migratorio para los que viajan a Estados Unidos se haga en Canadá. Así seguro se ahorran costos.

Entonces, las consecuencias de mi respuesta podían ser graves. La chica cambió repentinamente su expresión. De la sonrisa risueña pasó a una seriedad sepulcral.

- Haré como que no te he escuchado. Lo que me has dicho te podría causar muchos problemas.

Se le notaba ofuscada. Como que no sabía si seguir el protocolo o el sentido común. Aproveché para aclarar las cosas.

- No mira. Ha sido una broma. Por su puesto que no es así. Sólo que fíjate lo que me estás preguntandome también. Es como una provocación. Lo siento, pero no me pude resistir.

- Por esta vez, haré como que no me has dicho nada. Pero este tipo de bromas son inaceptables.

Felizmente no pasó a mayores. Me dejó pasar e incluso nos despedimos con una sonrisa.

La segunda vez fue hoy por la mañana, a mi llegada a Berlín.

A la salida del aeropuerto Tegel en Berlín hay dos policías que hacen control de pasaporte y visas. El problema es que no controlan a todos. La gente de tez blanca y rubia pasa como en su casa. Detienen casi exclusivamente a los de tez más morena. Ya me he parado varias veces a ver como seleccionan basándose en la raza.

Por supuesto, así ellos se ahorran tiempo y dinero. Y seguro no pierden mucho en efectividad. Pero para uno que acaba de recoger sus maletas, viene de un largo viaje, y sale a la ciudad donde vive no le cae mucho en gracia que el control sea discriminatorio, a dedo. A mí particularmente me recuerda a algunas discotecas limeñas a las que no me dejaban entrar. Entonces me parece que o controlan a todos o a ninguno. Varias veces había pensado en decírselos, pero sólo hoy me atreví.

- Hágase a un lado. Pasaporte por favor -me dijo uno de los dos policías. Haciéndome a un lado para comenzar el control.

Mientras, a mi lado pasaban varios viajeros sin ser controlados. Yo era el único al que habían parado. Los demás pasaban sin que se les pregunte nada. La diferencia era obviamente la raza. Esto no era nada nuevo.

- Qué interesante la manera como controlan ustedes -le dije. Preparándome para decirle algo más. Pero él me interrumpió.

- Es usted ciudadano canadiense?.

La pregunta surgió porque llevaba puesto un polo con la bandera de Canadá. Un regalo de unos amigos canadienses en mi despedida de ese país.

Le contesté que no y por ende, no se pudo ahorrar el control. Le entregué mi pasaporte y seguí.

- Oiga, pero mientras me controla a mí se le está pasando toda esta gente - le dije sarcásticamente.

Hacía referencia a todos los que pasaban por mi lado sin ser controlados. Era obvio que no estaba interesado en controlarlos. Pero, no me contestó. Siguió revisando mi pasaporte.

- Dígame, aquí el control siempre es así?

- Cómo "así"?

- Es decir, racial. La selección es obviamente racial pues - le increpé.

La expresión le cambió abruptamente. El color de la cara también. Le comenzó a subir la sangre.

- Este es mi trabajo señor -me dijo. Sin poder ocultar su molestía ante mi comentario.

Su respuesta tampoco era nueva. Es la respuesta fácil y clásica para evitar una pregunta incómoda.

- Claro, por eso mismo le pregunto. Como usted es el responsable, tal vez me puede informar. Es sólo una curiosidad.

- Gracias por recordarme cuales son mis responsabilidades - su rostro ya estaba rojo y su tono de voz era alto. Estaba muy molesto.

- Cuál es su destino final?

- Berlín. Acá vivo - le contesté.

- Ah acá vive - dijo sorprendido y como sintiéndose burlado. Seguro preguntándose por qué no habíamos hablado alemán desde un comienzo.

- Entonces podemos hablar alemán - agregó en su idioma.

Hasta ese entonces habíamos estado hablando inglés, idioma que él hablaba con bastante dificultad. Me dirigí a él en inglés porque regreso de Estados Unidos y es el idioma que tengo en la cabeza, pero principalmente porque no me gusta hacerle las cosas fáciles a los de migración. Ellos nunca me las han hecho a mí.

- Habla usted alemán? - me preguntó.

Le contesté en alemán que sí y seguimos hablando en su idioma.

El estaba ahora rojo como un tomate.

- Mire. Deben controlar a todos o a ninguno. Pero que hagan este tipo de control racial se ve muy mal.

- Gracias por recordarme mi trabajo pero su comentario es inecesario, ok? - dijo muy molesto.

- No se moleste - le dije sonriendo. Pensando además que algo tenía que estar mal para que se moleste tanto.

De pronto me di cuenta que teníamos espectadores atrás. Un grupito de gente. Entre ellos, algunos de los estudiantes de mi programa, que no sé que pensarán de mí.

- No lo molesto más. Sólo quería aclarar esto. Si estuviese en mi lugar, tal vez me entendería - le dije finalmente.

El me entregó mi pasaporte y me fui.

- Adios -dijo en español cuando yo ya había pasado.

Me sentí satisfecho luego del incidente. Luego se acercaron algunos a preguntarme que había pasado. No les di explicaciones, les dije que nada, una tontería.

Voy a repetir la fórmula siempre que pueda. Pienso que muchos de los que trabajan en estos puestos no se han enterado lo que hacen o prefieren no pensar en ello. Esta forma pacífica y divertida de protesta es un recordatorio.

Foto: http://www.cartoonstock.com/.